sábado, 30 de enero de 2010

CLAUDIO RODRÍGUEZ: Un treinta de enero



Fotos: Claudio Rodríguez(derecha)presentando el libro Versos para después de una película de Manuel López Azorín (izquierda)en la Tertulia Literaria Hispanoamericana de Rafael Montesinos (centro) el 3 de febrero de 1998.
Y Claudio Rodríguez.


 

MEMORIA POÉTICA: I

-Don de la ebriedad: ¿Era sabiduría mi ignorancia, conocimiento mi intuición?

En este mes de enero de 2010, hoy día 30 cumpliría Claudio, de vivir, 76 años. Sin embargo va camino de once que ya no está con nosotros, al menos físicamente ya que nos dejó el 22 de julio de 1999. Claudio Rodríguez es un clásico. Ahora estoy re-leyendo un libro suyo, publicado por Castalia en edición crítica de Luis García Jambrina, con sus dos primeros libros: Don de la ebriedad y Conjuros (un libro que me regaló Claudio en julio de 1998 poco antes de marchar a veranear a Zarautz) y si entonces lo publicó Castalia, fue porque era considerado, ya en vida, un clásico. Por esa razón, su poesía, se estudiaba ya desde los años ochenta, en muchas Universidades. Castalia no se equivocó.

Esta colección fue dirigida por el académico de la lengua, Alonso Zamora Vicente, a quien yo visitaba en su casa de La Granjilla para tomar un café y charlar un rato de vez en cuando.( Cómo se aprendía escuchándole y cómo recuerdo aquellas visitas y las palabras que me dedicó de su puño y letra, y que guardo, cuando en el IES Julio Palacios la profesora Pilar Temprano me rindió un emotivo e inolvidable homenaje junto a todos sus alumnos en 2001.) En mis visitas él, que conocía a Claudio, me habló muy bien del poeta del Don.Claudio Rodríguez solía decirme: la vida es una leyenda, no es una historia. La poesía es aventura y leyenda. La vida y la poesía van unidas como el pensamiento y el sentimiento, están fundidos, no se pueden separar.

Cuando Claudio comenzó a escribir Don de la ebriedad tenía 17 años. Sabemos, porque lo ha dejado escrito (a mí me lo contó en alguna ocasión) que este libro de poesía, de adolescencia, es como un don y que su ebriedad fue un estado de entusiasmo en el sentido platónico de inspiración, de éxtasis o bien, empleando la terminología cristiana, un acto de fervor. Igualmente me dijo en ocasiones que este poema (porque para él era todo un solo poema) lo escribió con una ausencia de conocimiento (tan joven era) y de ahí su tono irracional. ¿La ausencia de conocimiento es ignorancia? Se preguntaba Claudio ¿La experiencia es concreta? – me decía – mi ignorancia, en el sentido más revelador, inventó este poema. Cosas que me acompañaban en mi caminar, en mi contemplación, me avisaban, me alumbraban, me cegaban ¿Mi ignorancia era sabiduría? decía: Yo me atreví, entonces, a contemplar, como Santa Teresa de Jesús "mucho tiempo lo que es el agua". Sólo agua y, sin embargo, vida. Y así soñé este poema, este libro con ritmo de lenguaje oral y no tan sólo de lenguaje escrito, yo partí del lenguaje oral, de las canciones de corro, las infantiles, y soñé. El soñar es sencillo pero no el contemplar… Y me hablaba de San Juan de la Cruz o de Teresa de Cepeda y me repetía Claudio: yo escribí este poema como un don, en mi adolescente ignorancia, y con el entusiasmo y el éxtasis o el fervor, también, de mis 17 años ¿Conocimiento interno, no consciente, e ignorancia externa?

Y, tras esto, recuerdo a Claudio Rodríguez repitiéndome: la poesía es aventura, como la vida, aventura y leyenda. La poesía es una búsqueda entre la realidad y la experiencia poética de ella a través del lenguaje. Lo fundamental de la poesía es la imaginación. El poeta tiene que estar libre y al tiempo preso de su propio canto.

Claudio Rodríguez que con catorce años, cuando falleció su padre, tuvo que asumir responsabilidades haciéndose cargo de la familia y sus asuntos, con conocimiento, el propio de su edad, o sin él, aquel que fue adquiriendo con el tiempo desde el que me hablaba, con ignorancia o sabiduría y desde luego desde el más hondo instinto, desde la mayor intuición, escribió uno de los libros más luminosos y más importantes que se han escrito desde los años 50 en adelante, el Don de la ebriedad. Con el ganó el Premio Adonais en 1953 y fue como un deslumbramiento para el mundo de la poesía.

Había nacido en Zamora en 1934 (un treinta de enero). Estudió bachillerato allí y luego, ya en Madrid, estudió y se licenció en la Universidad Central en 1957, en Filología Románica. En Madrid conoció e hizo amistad con Vicente Aleixandre y, en Velintonia, en la casa del Nobel malagueño, hizo amistad con buenos poetas como Ángel González,
Francisco Brines y Carlos Bousoño (un gran amigo de Claudio
desde que se conocieron, amistad que permanece aun con la ausencia del poeta, a través de la mujer de éste: Clara Miranda)

Claudio solía decir que la tarea del poeta no es la de definir o enjuiciar su propia poesía: El poeta, mejor dicho, su poesía, tiene que estar en lo que él entiende por poesía. Ese es el misterio. Como el agua, mira la jarra – me decía – verás que sólo es agua; pero es vida, da la vida. Eso es la aventura, la leyenda, eso es la poesía.

Yo soy muy de bar, Manolo, barrero (de barra, no de sentarme en una mesa con un vino y eternizarme, no, tu lo sabes, prefiero la barra y la charla apoyado en ella) Por cierto si le echamos un chorrito de anís a la infusión de manzanilla resulta mucho más digestiva. Eran las 11,30 de la mañana y tenía razón, cuando nos veíamos, por las mañanas, tomábamos siempre lo mismo. Desde aquella naturalidad, desde aquella sencillez, siempre que lo visité, comprobé que lo que había percibido de él, desde el primer día que nos conocimos, era cierto.

No había en Claudio Rodríguez nada de vanidad y mucho menos afán de notoriedad. Eso lo sé bien desde aquel día en la Autónoma, finales de los años setenta, cuando me acerqué a él y le dije: Claudio, yo quiero ser como tú y él, sin vanidad, de lo más natural, de la manera que me habló, me demostró que era muy grande como persona y como poeta. Esa vanidad que tanto abunda en la vida literaria, él no la tenía, carecía de interés por destacar, por la fama… Y no penséis que era Claudio una persona introvertida, no, para nada. No he visto a nadie con más alegría y que tuviera tantos amigos como él. A Claudio le gustaba mezclarse con la gente del barrio, gente de diferentes profesiones, oficios, gente sencilla, normal que le saludaba con afecto, con entusiasmo, de manera coloquial, amistosa y, naturalmente, con admiración pero sobre todo, y me parece curioso porque lo vi, lo viví junto a él, aun existiendo esa afabilidad en el saludo, había por otra parte, mucho respeto hacia él.

Claudio devolvía el saludo a todos, hablaba con ellos y en su conversación (Como refirió Javier Ochoa Hidalgo en una entrevista a Claudio en 1999 para la revista Espéculo de la U.C.M.) era llano, despreocupado, cordial y contrasta con la profunda hondura de sus poemas. Que, por otra parte, el asegura que son muy naturales, hablan de cosas sencillas, como la camisa, las lavanderas, el jornal, un gorrión, el azumbre de vino, los mozos, la espuma… cosas naturales, cosa s de la vida. Cuando en abril de1995, inauguramos la biblioteca en el Centro Sociocultural Claudio Rodriguéz de San Sebastián de los Reyes (El Centro se había inaugurado en diciembre de 1992 y él estuvo presente también) Yo le escribí un poema que titulé En mangas de camisa, precisamente por la familiaridad y naturalidad con que vivía y se nos mostraba siempre.

De Don de la ebriedad, este libro que dicen que raya la mística en ocasiones, ( Claudio parecía no compartir del todo esa idea) esta maravilla que tantos hubiéramos querido haber escrito con sus endecasílabos y heptasílabos tan, aparentemente naturales e irracionales al tiempo, tan hermosamente asonantes (con la excepción de dos poemas el Canto del despertar y el Canto del caminar, en el libro segundo, donde no hay asonancias sino verso libre o blanco) con esa manera de contar plena de ritmo, del ritmo de la poesía oral, como decía él, o el de las canciones infantiles, el ritmo del que camina y contempla, del que interioriza y aprende y reflexiona, ya por instinto ya por conocimiento o por ambas cosas y después escribe..

Quiero "colgar" el poema número IX del libro primero (Don de la ebriedad está dividido en tres partes o tres libros, aunque ya sepamos por Claudio que todo él es un único poema) Podría haber elegido el poema I: Siempre la claridad viene del cielo;/ es un don: no se halla entre las cosas/ sino muy por encima, y las ocupa / haciendo de ello vida y labor propias. Pues según Luis García Jambrina en la magnífica introducción que realizó en Castalia de este libro nos dice que: tiene una gran relevancia, ya que constituye una especie de obertura musical en la que, además de dar la pauta tonal de todo el poema, se marcan los motivos centrales, esos que, de una manera u otra, se desarrollan y repiten a lo largo de toda la obra.

Pero el poema IX de este libro, siempre me atrajo, es como un imán, un poema donde (y cito de nuevo a García Jambrina): aparece desarrollado el tema de la entrega unánime que existe en la naturaleza y de las limitaciones que el poeta o sujeto lírico encuentra para "darse" a los demás y a las cosas.

Este es, en mi opinión, uno de esos poemas de un Claudio metafórico, un realismo metafórico de extraña y personalísima estructura,( así lo llamó su gran amigo Carlos Bousoño) que junto a Alto jornal, Gorrión, El ballet de papel, Ajeno, El baile de las Águedas, El robo, La contrata de los mozos, Cómo veo los árboles ahora, Con media azumbre de vino, A mi ropa tendida o Espuma , de sus diferentes libros, merecen ser leídos una y otra vez. Este poema lo dijo de memoria Antonio Hernández, el 20 de mayo de 2009 en el homenaje que le hicimos en el programa de Fina de Calderón los miércoles de la poesía en el Teatro Fernán Gómez. Yo recordé allí otro gran poema suyo Alto jornal.

Vaya pues este recordatorio de Claudio Rodríguez y su primer libro Don de la ebriedad en memoria de su altísima calidad poética y como homenaje, en estas fechas, por su calidad humana y su amistad para conmigo.

IX

Como si nunca hubiera sido mía,

dad al aire mi voz y que en el aire

sea de todos y la sepan todos

igual que una mañana o una tarde.

Ni a la rama tan sólo abril acude

ni el agua espera sólo el estiaje.

¿Quién podría decir que es suyo el viento,

suya la luz, el canto de las aves

en el que esplende la estación, más cuando

llega la noche y en los chopos arde

tan peligrosamente retenida?

¡Que todo acabe aquí, que todo acabe

de una vez para siempre! La flor vive

tan bella porque vive poco tiempo

y, sin embargo, cómo se da, unánime,

dejando de ser flor y convirtiéndose

en ímpetu de entrega. Invierno, aunque

no esté detrás la primavera, saca

fuera de mí lo mío y hazme parte,

inútil polen que se pierde en la tierra

pero ha sido de todos y de nadie.

Sobre el abierto páramo el relente

es pinar en el pino, aire en el aire,

relente sólo para mi sequía.

Sobre la voz que va escavando un cauce

qué sacrilegio este del cuerpo, este

de no poder ser hostia para darse.


 

Claudio Rodríguez

Del libro: Don de la ebriedad


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 

2 comentarios:

Álvaro Dorian Grey dijo...

Me quedo con eso que escribes de :
El poeta, mejor dicho, su poesía, tiene que estar en lo que él entiende por poesía.
Creo que eso es, además, la magia de la poesía
Tenemos pendiente un café...

chema barredo dijo...

magnifica semblanza Manuel

un abrazo