martes, 13 de diciembre de 2011

Antonio Gamoneda: visión de la muerte, visión de la luz.



Antonio Gamoneda, Premio Cervantes 2006, va a recibir el próximo jueves, 15 de diciembre, la Medalla de Honor de la Asociación de Escritores de la Región de Murcia (Aermu),la recibirá durante un acto que se celebrará en el aula de cultura de la CAM. Acto que comenzará a las 19,45 horas.

Aprovecho esta distinción que, en mi tierra, le ofrece la Asociación de Escritores de la Región de Murcia al poeta Antonio Gamoneda para "colgar" esta entrada de Memoría poética sobre este poeta, nacido en Oviedo pero leones desde los dos años, y que titulo:

Antonio Gamoneda: visión de la muerte, visión de la luz
Memoria poética I

El 31 de marzo de 1995 me acerqué a la estación de Chamartín para recibir a Antonio Gamoneda, el poeta que, nacido en Oviedo en 1931, residía en León desde 1934. En ese año, huérfano ya de padre, se había trasladado con su madre, Amelia Lobón a León. Esta ciudad, donde aún reside, resultó de vital importancia para su poesía. Allí y en esos años, su madre se convirtió en su refugio frente al horror de la guerra y la miseria de postguerra, temática recurrente en toda su poesía. En 1936, con las escuelas cerradas, aprendió a leer gracias a la lectura del libro de su padre, un poeta modernista, que había publicado un único libro, Otra más alta vida, en 1919.



En octubre de 1994 había hablado telefónicamente con él para invitarle a dar una lectura en el programa Tertulias de Autor de Helicon, programa que se realizaba en directo en el estudio de Canal Norte Televisión y donde el autor invitado, leía y comentaba su obra para todos, tanto para el público que acudía al estudio como para los que, desde sus casas, conectaban con Canal Norte Televisión. Se sorprendió de que un poeta de provincias fuese requerido en la capital, pero se alegró de que fuese en la periferia y de leer en unas Tertulias por donde habían pasado ya poetas – me dijo – de su consideración como, por ejemplo, Claudio Rodríguez.





Antonio Gamoneda es un poeta que, encuadrado por la crítica en la generación del 50 (sólo a partir de la publicación de Edad en edición de Miguel Casado. Ed. Cátedra, 1987, libro con el que le concedieron el Premio Nacional de Poesía en 1988), era de difícil clasificación por su singular manera de entender el verso, la poesía: Cuando yo caigo sobre una silla / y mi cabeza roza la muerte; / cuando cojo con mis manos la tiniebla / de las cazuelas, o cuando contemplo / los documentos representativos / de la tristeza, es / la amistad quien me sostiene. (Edad, Blues Castellano, pag 203) Blues Castellano es un libro en el que nos muestra su aportación a la poesía social con un lenguaje muy personal y una nueva búsqueda de ritmo.


En 1992 había publicado en la Editorial Siruela un libro que me impactó cuando lo leí, era el Libro del frío. De él me había enviado un poema manuscrito para incluir en la invitación que cursábamos para la lectura. Era el último poema del libro, me lo envió con la exclusión de una copulativa y ordenado así: Amé las desapariciones / ahora el último rostro/ ha salido de mí. /// He atravesado las cortinas blancas: /// ya sólo hay luz dentro de mis ojos. En el Libro del frío estaba, y está, así: Amé las desapariciones y ahora el último rostro ha / salido de mí. /// He atravesado las cortinas blancas:/// ya solo hay luz dentro de mis ojos.



Antonio Gamoneda siempre propone, en su poesía, Leer, transitar el texto en múltiples direcciones. Tal vez en la dirección de la luz, del amor, de la amistad y de la desolación, del llanto, del abismo, de las pérdidas, de la muerte. El poeta contempla la muerte desde su gran amor por la vida.: Mis poemas –nos ha dicho– proceden de esa reflexión y nacen amando mucho la vida e intentando convertir la visión de la muerte en algo consolador.

A media tarde le conocí personalmente. Tras descender del tren que le traía desde León, nos saludamos y le dije de tomar un taxi hasta San Sebastián de los Reyes, lugar donde realizaba las Tertulias de Autor. Antonio Gamoneda se empeñó en dar un paseo hasta Plaza de Castilla y desde allí, me dijo, tomar un transporte público que nos llevase hasta Sanse.


Con el paso del tiempo, Antonio Gamoneda, se ha convertido en un poeta de culto, un poeta intimista y hermético repleto de símbolos, un poeta que indaga, que funde tiempo y recuerdos y que se sirve de intuiciones verbales. Tuvo que pasar mucho tiempo para que esto sucediera pues, ya si bien escribía desde mediados los años cuarenta no fue hasta que le concedieron el Premio Nacional de Literatura (poesía) que le reconocieron y le encuadraron en un tiempo y en una generación concreta.


Pero antes de esto, en 1969, dejó su trabajo para crear y dirigir los servicios culturales de la Diputación Provincial de León y, y desde principio del 70, la colección Provincia de poesía, donde intentó promover una cultura progresista. Luego hay un silencio poético en Gamoneda, tras la dictadura y el inicio de la transición. Este tiempo, le marcó llevándole a una crisis existencial e ideológica, que se refleja en su siguiente libro Descripción de la mentira. A decir de muchos el libro que nos trajo su madurez poética.


En Plaza de Castilla nos encontramos con el poeta gaditano Rafael Soto Vergés que, enterado de la lectura que iba a dar Gamoneda, poeta a quien dijo admirar, iba a tomar un autobús con rumbo a las Tertulias para escuchar sus poemas y saludarle. Rafael Soto Vergés ya había asistido como invitado a dar una lectura y conocía el lugar, no así la primera vez que acompañado por el poeta norteamericano Louis Bourne, que se ofreció a llevarle en su coche, se perdieron al entrar en Sanse y tuve que demorar 30 minutos el comienzo de aquella lectura hasta que aparecieron acompañados de un policía local de la vecina Alcobendas que, finalmente, les condujo hasta el plató de CNTV.


A pesar del retraso, todo salió bien y pudimos disfrutar de la poesía del poeta Soto Vergés que, siendo de los 50, quiso enclavarse en la llamada poesía de los 60 o poesía de la renovación del lenguaje o también generación puente, entre los poetas del 50 y los novísimos que aupó castellet en 1969. Unos poetas que durante años fueron obviados de las antologías y que no parecían contar para nada o para poca cosa cuando, con la renovación del lenguaje que emprendieron tras la llamada poesía social, dieron paso a una nueva estética y, en alguna medida, a los poetas que, tras ellos, fueron llegando.


En este grupo estaban, desde que, junto a la profesora Pilar Palomo, se reunieron en Zamora para formar lo que llamaron Promoción del 60, los gaditanos, de Rota Ángel García López y de Arcos de la Frontera Antonio Hernández, el madrileño-conquense Diego Jesús Jiménez, el poeta de Talavera de la Reina, Joaquín Benito de Lucas, el Zamorano Jesús Hilario Tundidor y el melillense Miguel Fernández. No recuerdo si Félix Grande –creo que no– llegó a estar también en este grupo o sólo simpatizó con él, por amistad con Antonio Hernández y Diego Jesús Jiménez (por cierto que estos dos poetas, los más jóvenes de aquella llamada Promoción de los 60, fueron enclavados luego en lo que Juan José Lanz denominó Generación del 68 en la edición que hizo en 1997, publicada en la colección Austral, sobre la titulada Antología de la poesía española 1960-1975), ya que la poesía de Félix, renovadora de lenguaje en su momento, está considerada como el germen de una poesía que más adelante se vino creando.



Pero volviendo a Antonio Gamoneda diré que el Libro del frío es, para mí, tal vez el mejor de sus libros, un libro de sufrimiento que, irremediablemente, nos lleva a la tristeza, al nudo en el estómago, a golpearnos con tal fuerza que uno se queda, tras la lectura, como sin aliento. Antonio Gamoneda ha dicho, no recuerdo si en torno a este libro o a su poesía y tampoco dónde, pero sé que lo ha dicho: es cierto que lleva hacia la tristeza pero si a la historia de la poesía universal se restase lo que hay de sufrimiento, quedaría muy empobrecida.

Tal como me pidió Antonio Gamoneda, fuimos los tres en autobús hasta San Sebastián de los Reyes. Antonio no cesaba de contemplar el paisaje y hacia frecuentes comentarios del crecimiento de los pueblos de la periferia de Madrid. Me gustan las periferias – dijo – yo soy de periferia. Como tu poesía – contesto Vergés – que está siempre en la provincia, en el margen, al borde de… en la periferia de cualquier centralismo. Y Gamoneda sonrió calladamente. Sobre las seis de la tarde le dejé en el hotel donde pasaría la noche. Para que descanses un poco de la caminata –le dije – y sobre las siete y media vengo a recogerte para ir al estudio donde harás la lectura.

Antonio Gamoneda, entonces, no sé si ahora seguirá haciéndolo, caminaba a golpe de un contador para saber con exactitud el kilometraje. Tenía que hacerlo cada día y no le importaba caminar, de modo que al regresar a buscarle para la lectura nos dimos un paseo por Sanse hasta llegar al edificio que, por entonces, albergaba el estudio de Canal Norte Televisión en la Plaza de la Iglesia, edificio que anteriormente fura la biblioteca de la localidad y que ahora estaba en otro lugar de la misma plaza.



La reedición del Libro del frío con la inclusión de 20 poemas nuevos se produjo años después, en 2000 (Siruela). Veinte poemas que recoge en la sección Frío de límites y que nacen como fruto del dialogo que el poeta estableció con una serie gráfica del pintor Antoni Tapies: Los dos creamos un espacio de relación existencial en el que compartimos con símbolos la perspectiva de la muerte. Pero después, los componentes se independizan; Tàpies hace su vida expositiva y yo estoy en soledad con mis propias expresiones, y me doy cuenta de que estos poemas están en la línea del pensamiento poético del Libro del frío y de que con esta parte se cierra el acto contemplativo hacia el fin. Y añade después en este artículo de Aurora InTxausti aparecido en el diario El País (2 de marzo de 2003): Los 20 poemas representan una ampliación del espacio que, en el Libro del frío, se abre a la contemplación de la inexistencia. Es la reunión de los últimos símbolos ante la luz de la desaparición.


La Tertulia comenzó a las ocho en punto. El plató repleto y en silencio, esperaba la señal del realizador para iniciar en riguroso directo lo que fue una hora en compañía de un poeta tan singular como tremenda es su visión de la poesía, de su poesía llena de misterios, símbolos, de intimas experiencias vividas llenas de dolor y sufrimiento trasladadas a unos poemas donde el amor a la vida le conduce, sin remedio, a hablarnos de la inevitable muerte de una manera natural y desde esa perspectiva de su experiencia vital.


Por edad, Antonio Gamoneda, pertenece la llamada generación del 50 aunque él, con rotundidad, ante mi pregunta de por qué había sido obviado de esta generación por la crítica y los antólogos, me respondió que: “era lógico no estar incluido en ella ya que yo comencé a publicar en 1960” (como poeta se dio a conocer con el libro Sublevación inmóvil (1953-1959), publicado en 1960 en Madrid, este libro fue finalista del Premio Adonais de poesía, libro que rompía con las tradicionales reglas realistas de la época), con esta aseveración Antonio Gamoneda, uno de los poetas más complejos, zanjó aquella cuestión.


Si esperando el inicio de esta lectura de Antonio Gamoneda había en el público asistente un respetuoso silencio, durante la lectura que realizó del Libro del frío, el silencio cortaba el aire y la respiración de quienes escuchábamos al poeta. Un poeta original que aporta , como dijo Francisco Díaz de Castro en su reseña sobre la poesía reunida Esta Luz (1947-2004) en El Cultural del 25 del noviembre de 2004: sugestivas figuraciones que aportan ya intensidad a la percepción de la materia, a la expresión del amor, de la queja religiosa, y conciencia histórica creciente,

Entre los asistentes recuerdo a Juan Carlos Mestre,de quien yo decía entonces que era "un valor en alza", a José Ramón Trujillo, Isla Correyero, Pureza Canelo, Rafael Soto Vergés, que seguían con mucha atención y de manera intensa la lectura de Antonio Gamoneda. Una lectura, tan hermosa como tremenda, donde nos ofreció unos poemas llenos de esa emocionante magia que se produce cuando lo que se escucha, llega y toca los sentidos. Poemas emocionantes, poemas misteriosos, poemas llenos de sufrimiento, de dolor: Mi poesía, y no sólo la mía sino de cualquier poeta, quiera o no quiera, es de alguna manera el relato de cómo se avanza hacia la muerte (…) La contemplación de la muerte se hace de una manera inseparable del amor a la vida




Todo salió perfecto. Antonio estaba más que feliz aquella tarde-noche. Tanto que al pedirle que dedicase sus libros Edad y Libro del frío, lo hizo con ambos y, en Edad,de este modo: Sirva para agradecer a Manuel López Azorín una noche feliz. Antonio.



Tras la Tertulia unos cuantos poetas de Helicón y de los venidos desde Madrid para escuchar al poeta invitado nos fuimos a cenar al Mesón La Rueda, lugar donde habitualmente terminábamos tras cada Tertulia, y allí, como siempre mantuvimos otra tertulia, ya más familiar, más distendida hasta media noche que fue cuando Isla Correyero (entonces vivía en Sanse) nos invitó a continuar en su casa, tomando una copa más, aquella Tertulia iniciada por la tarde. Nos avisó la madrugada, la luz, que Antonio Gamoneda tenía que descansar un poco en la habitación del hotel, antes de regresar a León, regresar a la luz de su infancia, a la memoria de su tiempo, al recuerdo de las pérdidas, para seguir amando, valorando la vida en el silencio de su quehacer cotidiano.


Después de aquella primavera de 1995, hemos intercambiado alguna que otra carta, llamada telefónica… pero no volvimos a vernos hasta abril de 2003. Fue en Cambrils, en unas Jornadas poéticas en las que coincidimos ambos con nuestras mujeres. Allí pasamos tres estupendos días, gracias al poeta Ramón García Mateos y nos unimos en una antología titulada Palabras frente al mar. (Trujal. Pliegos de poesía nº 6 2003)


Su libro Arden las pérdidas se publica ese año de 2003, y a decir de la crítica, culmina la madurez iniciada en Descripción de la mentira, con una poesía en la perspectiva de la muerte en la que lo perdido (la infancia, el amor, los rostros del pasado, la ira…) aún arde en el tránsito hacia la vejez con mayor lucidez, con mayor claridad, con mayor frío. Hay –ha dicho Antonio Gamoneda– un paralelismo entre la escritura, la existencia y la experiencia que he interiorizado a lo largo de mi vida. Crecí tras la guerra civil, con la impregnación del sufrimiento histórico y personal. Al año siguiente vendrán un nuevo libro y una recopilación: Cecilia (2004) dedicado a su nieta y Esta luz: poesía reunida: (1947-2004), (2004).


La memoria que contiene el amor, la amistad, la luz y contiene el dolor, la desolación, el silencio es el motivo principal de la poesía de Antonio Gamoneda, una visión de la luz y una visión de la muerte desde una simbología particular y la aceptación natural de que la vida crece mientras decrece. En 2006 año le concedieron el Premio Reina Sofía y el Premio Cervantes. Tras ser Premio Cervantes, el 20 de abril de 2008, introdujo un mensaje en la Caja de las Letras (lo que había sido reducto fortificado del dinero, un día, como un milagro, se convirtió en el lugar de la palabra) del Instituto Cervantes, cuyo contenido se sabrá en 2022. Se le ha otorgado también, entre otros, la Medalla de Plata del Principado de Asturias, el Premio “Leteo”, la Medalla de Oro de León y la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes. Es Hijo Adoptivo de León y Doctor Honoris causa por la Universidad de León.



Antonio Gamoneda es el poeta del silencio, de la luz, y de la muerte porque ha vivido de cerca el dolor y el sufrimiento y, sobre todo, porque ama la vida y amar la vida es saber que un día ha de llegar la muerte y, con ella, la desaparición de la luz, la inexistencia, el silencio. Nos dice: El pensamiento poético es un pensamiento que canta. Y cantando, el poeta nos muestra una poesía esencial y existencialmente desnuda, como un sueño surrealista, como una alucinación, que diría José Hierro, de una realidad interiorizada poéticamente, envuelta en brumas. Es una poesía autobiográfica de intimismo encubierto que no narra, muestra imágenes, sensaciones y, sobretodo, canta.

Canta con ritmo, su ritmo, para dejarnos un verbo denso. El de Antonio Gamoneda, es verbo que, tras haber contemplado, nos muestra un paisaje de desolación, de despojamiento, de pérdidas. Es una voz inmersa en el tiempo, una voz fragmentada en sensaciones que nos ofrece retazos de tiempos sucedidos, vividos por él; pero sin referencialidad temporal, voz profunda, misteriosa, hermética en su simbolismo, verso de luz y de silencio, esta es su poesía, su visión de la luz, su visión de la muerte.

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