domingo, 1 de abril de 2012

José Hierro: El cuaderno de Pepe




Memoria poética
José Hierro: El cuaderno de Pepe


El tres de abril, José Hierro (Madrid 1922-2002) cumpliría noventa años. En diciembre será ya diez años que se marchó. Pero Pepe siempre vuelve. Vuelve cada vez que surge algo que me lo recuerda, y surgen muchas cosas. Vuelve cuando tomo cualquiera de sus libros, cuando recuerdo algún poema suyo, cuando lo releo de nuevo: No vine solo por decirte / (aunque también) que no volveré nunca, / y que nunca podré olvidarte. Yo tampoco. Fueron muchos años de andar juntos, muchos años de risas, de licores de hierbas, de lecturas, de amistad, de algún que otro enfado, Sí, y de muchas confidencias.

Algunos podrán decir (como escuché a veces): Es un hombre adusto (qué poco conocían tu fragilidad, tu timidez), seco, antipático (no saben que en tu perenne abstracción no reparabas más que en aquello que conocías bien ), soberbio,(podrías aparentar ser duro, recio pero soberbio… tú que llevabas la inseguridad contigo, la duda siempre porque ¡ay del hombre que este seguro de sí mismo!), sólo sabe ocultarse de los demás con sus dibujos de servilletas y vino, es huidizo (ellos no saben que era tu vía de escape para librarte de mil y una conversación que no te interesaba porque generalmente solían ser de poco interés o para endulzarte de halagos o para pedirte algo), un hombre vulgar ( vulgar no, un hombre como otro cualquiera y poeta de los buenos) es altanero y no muestra nunca sus sentimientos (eso es que no te vieron llorar.)

En público, una vez, se te saltaron las lágrimas, fue leyendo un poema en la Casa de América, y algunos comentarios fueron de asombro y extrañeza para terminar diciendo que todo era teatralidad –qué sabrán ellos, qué sabrán Pepe, de tu preocupación por los demás cuando era necesario– yo, que te vi con los ojos llenos de lágrimas en muchas ocasiones, lo sé bien. A veces me decías como dijo Machado y escribiste también tú: Estoy cansado, muy cansado. (…) “Soy viejo porque tengo más de sesenta años, / que es mucha edad para un español” (…) Sólo deseo ya “dormir, dormir, / tal vez soñar.” En algunas ocasiones hemos llorado juntos; pero al momento, tu regresabas a tu escudo de sarmiento, de dureza de menbrillo y me decías haciéndote el fuerte:¡Mariconadas! Y se acababa el llanto, aunque por dentro siguieran brotando lágrimas, se acababa el llanto. Así eras tú, Pepe, con quienes tú querías.



En estos días previos a tu aniversario de nacimiento vuelvo a tu Cuaderno de Nueva York, ese libro que, poema a poema, fuiste leyéndome mucho antes de publicarse. Vuelvo al preludio que lo inicia para cantar al hombre y al lenguaje que es con lo que hacemos la Poesía: Después de miles, de millones de años, / mucho después / de que los dinosaurios se extinguieran,/ llegaba a este lugar. (…) A partir de onomatopeyas, / de monosílabos, gruñidos, / Desarrolló un sistema de secuencias sonoras. Pero el hombre, a veces, no sabe interpretar el lenguaje, sus palabras, su mensaje, ni entonces ni ahora: Nadie comprendió entonces sus palabras./ Por eso andan, ahora, las palabras, / pasando por los vientos, ávidas de que alguno las recoja.

Llevaste a la ciudad de Nueva York, a través de tus poemas, a quienes nunca habían estado en ella. Como en una especie de alucinación trasladaste a personajes y cosas para hablar de ellos, como en reportajes, a esta gran ciudad (y a los lectores) de la que tanto te gustaban sus avenidas, puentes, sus cruces como laberintos unos sobre otros. Cuando pasábamos por la Moraleja, en el cruce de la M-40 sobre la N-1, siempre recordabas Nueva York diciendo: Mira, qué maravilla de puentes, pues en N.Y. como estos pero mucho más grandes.

José Hierro me decía: Sé que me van a decir, pero si ya se han escrito libros sobre esta ciudad. Toma Claro! y sobre Venecia también, este libro no tiene nada que ver con el N.Y. de Lorca o de Juan Ramón Jiménez Cuando decidiste ordenarlo, darle forma definitiva lo dividiste en tres apartados. Nueve poemas en Engaño es grande, trece en Pecios de sombra y nueve también en Por no acordarme. Sin contar, claro está el poema del Preludio y el poema Vida del Epílogo.

Pepe me dijo al dedicarme el Cuaderno: Señorito, te dibujo tres flores por los tres poemas que nos gustan más de este libro.

Nos gustaban más poemas; pero es cierto que hay tres que, a los dos, nos gustaban especialmente.


Situaste el El laud en el escaparate de un anticuario de Madison Avenue: Sonó su música, por vez primera / a la orilla dl Arno, del Sena, / del Danubio de gabarras y aceite./ Después atravesó el océano, / enmudeció, sobrevivió, sobremurió. La música vuela por el viento de Nueva York. Lo hace de la mano de un hombre cualquiera que se lleva en sus viajes a esta ciudad a Beethoven, a Bach, Mahler ( junto a Mahalia Jackson), Schubert, a Miguel de Molina: Esta música lleva mucha muerte dentro. / El amor lleva dentro mucha música, / mucho mar, mucha muerte. / La muerte es un amor que habla con el silencio. / El amor una melodía hija del mar y de la muerte: / asciende, gira, enlaza el cuerpo, lo encadena / hasta asfixiarlo despiadadamente. (…) navega sobre el agua como el laud sobre la música / (y es que música y mar tienen el mismo origen)./ Este mar lleva dentro mucha música, / mucho amor, mucha muerte. Y también mucha vida.




En 1992 me regalaste un poema, la versión definitiva, tras varias versiones anteriores, de tu poema Vida.(Después de todo, todo ha sido nada, / a pesar de que un día lo fue todo.) En 1993 lo publiqué en la invitación que hacía Helicón para difundir las Tertulias de Autor. Tú fuiste el Autor invitado aquel mes de junio y, por primera vez, se dio a conocer este poema autógrafo que luego -en la primavera de 1998- cerró tu Cuaderno de Nueva York.

Continuaste, ya en tu casa, en La Moderna, en Sanse o donde quiera que estábamos juntos, hablándome y leyéndome más poemas de los que conformarían este Cuaderno: Los claustros, ese hermoso y tierno poema, pleno y desasistido, en el que reflexionas y sitúas, paralelamente, a los viejos fuera de su entorno, en las residencias ( No, si yo no digo / que no estén mejor donde están – en estos refugios asépticos – que en las tabernas de sus pueblos), y los claustros llevados desde Europa a Nueva York. …No, si yo / no diré nunca que no estén / mucho mejor en donde están / que en donde estaban … ¿Estos claustros!.


Me hablas y lees también Lear King en los claustros: Ven a decirme te amo / no me importa que duren tus palabras / lo que la humedad de una lágrima / sobre una seda ajada. Y la Oración en Columbia University con ese hijo, ya profesor, que recuerda al padre y la dureza de su vida y su muerte: Bendito sea Dios que inventó la memoria / y que inventó el silencio de este lugar aséptico, / y las venas metálicas ocultas / en las que el agua espera / unas manos liberadoras que les devuelvan su canción. Y aquel poema Hablo con Gloria Fuertes frente al Washintong Bridge que te surgió la necesidad de escribirlo porque viste un programa sobre la guerra civil en el que participaban Gila y ella: Pasea con el luto de viuda de si misma


A finales de 1996 me diste dos poemas del apartado II. Pecios de Sombra para publicarlos en la revista Poesía en la diana y a mí me recordaban, no sé por qué, siendo como eran dos poemas arromanzados, al Libro de las alucinaciones (poema del águila).


Los titulaste Dos poemas de sombra. Luego los pusiste correlativos, páginas 81 y 83 del Cuaderno de Nueva York, sin título.



Sombras, luces… como la vida misma Pepe, reflejos de tiempo que vivimos, que pensamos, que sentimos o que imaginamos, siempre, mientras caminamos a la búsqueda del yo, del nosotros: Ese desconocido, ese recién llegado / que habla solo –no sabe que lo escucho– / y que pregunta, no sé a quién, ¿por qué volviste? / mientras borra con una blanca nube / los trabajos tatuados en su cara, / los zarpazos del tiempo,/ y que otra vez pregunta ¿por qué volviste? / ese, al que veo y al que escucho /desde el lado de acá del espejo, / ¿dónde, con quién estará hablando?

Y mientras tanto, ya sea A orillas del East River, del Manzanares, o de cualquier otro río de la tierra o de la vida: En esta encrucijada, / flagelada por vientos de dos ríos / que despeinan la calle y la avenida, / pisoteada su negrura por gaviotas de luz,/ descienden las palabras de mi mano / picotean los granos de rocío, / buscan entre mis dedos las migajas de lágrimas.Siempre aspiré a que mis palabras, / las que llevo al papel / continuasen llorando / –de pena, de felicidad, de desesperanza, / al fin, todo es lo mismo – , / porque yo las había llorado antes; (…) Yo ya no lloro. / Excepto por aquello que algún día / me hizo llorar.


¡Cuántos recuerdos Pepe! Todo el tiempo que nos conocimos da para muchas páginas. Por eso vuelves siempre: No vine solo por decirte / (aunque también) que no volveré nunca, / y que nunca podré olvidarte,. Pero tú, vuelves siempre Pepe, como ahora que releo tu Cuaderno de Nueva YorK. Guardado entre sus páginas encuentro el poema que te escribí en la primavera de 1998, cuando me regalaste el libro con tu dibujo y dedicatoria ¿te acuerdas? Lo publicó la revista Rey Lagarto de Literatura, en Oviedo, como poema autógrafo aquel año. Todo esto fue antes de que te dieran el Cervantes. (Eso es otra historia para contar en otro momento) Aquí te dejo el poema Pepe y volverás más veces, seguro que volverás porque yo te recuerdo: Mientras nos recuerdan, seguimos aún vivos.








EL CUADERNO DE PEPE.
“Yo ya no lloro”
José Hierro

Yo creía que ya
no me quedaban lágrimas,
que mis ojos – tan llenos
de la sombra cercana –
acostumbrados iban
(lo mismo que tu cantas)
a ni llorar recuerdos,
ni ahoras, ni mañanas.

Yo creía que ya
no me quedaban lágrimas…
Y aquí me tienes, Pepe,
llorando lo que cantas.

Desde el sabio preludio
de voz erguida y clara
hasta el ritmo que muestra
el son de Todo y Nada,
como una despedida
prolongada en el agua
de sangre que fue tuya
y ya es Marian, y Paula…




(¡Tanta vida! Un cuaderno
de pulsos entre páginas,
de música y latidos
de tiempo en la palabra)

Yo creía que ya
no me quedaban lágrimas
y aquí me tienes Pepe,
llorando lo que sangras,
viviéndote hasta Vida
palabra tras palabra,
orando en tu “Cuaderno
de Nueva York” que me habla.

Sí, yo creí que ya
no me quedaban lágrimas
que las ahogó el silencio,
malditas y alabadas.

Y somos el East River
de la vida, las aguas
del río que va al mar
mientras que pasa y canta.

(Y tu diras ahora:
¡Mariconadas!)

Poema del libro: Azul de los afectos (2001)incluido en la antología Sólo la luz alumbra -Poesía 1086-2010- (2011)

Y ahora este poema en la voz de Pepe Hierro: A orillas
del East River.


6 comentarios:

Amando Carabias María dijo...

nMeeConmovedor texto, que me enseña hasta donde puede llegar la amistad.
Gracias por descubrirte.

Anónimo dijo...

¡Qué hermoso recuerdo, Manuel!¡Y cuantas cosas aún vivas en nuestros corazones! "Como decíamos ayer"... "no muere quien memoria emocionada deja..."

Pues eso, D. José.

Carmina

David V. Gálvez dijo...

De nuevo y como siempre, aprendiendo con usted. Muchas gracias Don Manuel, me ha hecho usted decidir ir mañana a la biblioteca a buscar un poemario y eso siempre es muy de agradecer.

blog del poeta Manuel López Azorín dijo...

Para Amando Carabias: Gracias por tus palabras.
Versos y amistad Amando.

Para Carmina Casala: Tú bien sabes por qué. D. José, como cariñosamente le decías, era mucho Pepe.
Un abrazo

Para David V. Gálvez: Gracias a ti siempre, David, por tu seguimiento y por lo que cuentas. ¡Qué alegría saber que alguien como tú se interesa! Yo veo tu blog de vez en cuando (no puedo siempre)
Un amistoso abrazo.

Jesús del Real dijo...

Hola Manuel: Magnífico blog, seguidor me he vuelto. Soy Jesús del Real. Jesús de Frutos, técnico de sonido del "Blas de Otero" te habló de mí. Será gratificante poder enseñarte escritos y hablar de poesía. Mi correo: jrealamado@yahoo.es

Saludos.

blog del poeta Manuel López Azorín dijo...

Para Jesús del Real: Cierto, Jesus de Frutos me habló de ti y le di mi correo para que te lo diera y nos pusieramos en contacto. Es este: manuellopezazorin@hotmail.com

Me alegra que te guste este blog. Gracias Un saludo