viernes, 20 de julio de 2012

Eladio Cabañero y los amigos


Memoria poética:
Eladio Cabañero y los amigos

El jurado del Premio Nacional de Poesía "José Hierro" mediados los años noventa.De izquierda a derecha: Joaquín Benito de Lucas, Claudio Rodríguez, Ángel García López, Eladio Cabañero, Félix Grande y Pablo García Baena

Eladio Cabañero fue siempre, como persona un buen hombre, tuvo   muy buenos amigos, y como poeta,  fue un buscador de palabras duraderas y enriquecedoras y, como dijo Ramón Gómez de la Serna del escritor, un mártir que sangra por la mano derecha. Eladio solía decir también que muchos pensaban que, el poeta, era un señor raro y poco de fiar. Siempre fue defensor de lo humano. “La vida justa y solidaria –injusta e insolidaria-, ese es el amor que me enamora y la música de mi cantar”, solía decir. Sus poetas favoritos siempre fueron, según me decía, San Juan de la Cruz, Quevedo y Antonio Machado aunque luego apostillaba que tenía muchos poetas y como referente incluido: César Vallejo.





Pedro A. González Moreno tuvo amistad con el poeta albañil de Tomelloso, Eladio Cabañero, su viejo paisano y amigo, con quien tanto compartió y por el que sigue sintiendo una antigua devoción que va más allá de lo literario. González Moreno me ha escrito diciéndome: Me ha traído viejas emociones esa charla-entrevista con él, y fue una pena que no llegara a publicarse en aquel frustrado proyecto del que hablas. Eladio se merecía y se sigue mereciendo los reconocimientos que no le llegaron, quizá tendemos a olvidarnos con demasiada facilidad de los muertos, pero yo, por mi parte al menos, no dejo de escribir sobre él y de recordarle continuamente.


Pedro A. González Moreno


Lo último que Pedro A. González Moreno, en plan afectivo, escribió sobre Eladio Cabañero fue en 2010 y está colgado en google en el blog de Carlos Morales, que es el director del proyecto editorial El toro de barro y que en mayo me envió un hermoso regalo de cumpleaños: un poema traducido por él: “La bailarina” árabe (autor anónimo) partiendo de la edición francesa de “El jardín de las caricias” de Franz Toussaint.


Carlos Morales administra en la Red, entre otros, el blog cartasenlanoche.blogspot.com , lugar donde se publicó con el título: "Carta (sin esperanza de acuse) a Eladio Cabañero", esta carta de la que destacaré algunos fragmentos; pero antes diré que Pedro A. González Moreno a este poeta que trabaja la “materia de los sueños”, que es la memoria, con precisión y devoción, le unieron fuertes vínculos de amistad con el bueno de Eladio Cabañero, desde que lo conoció a primeros de los 80 y, luego, fue siempre una de sus mayores debilidades.

Félix Grande


Compartió buenos ratos con él en las tertulias del café Gijón porque Eladio Cabañero, cuando llegó a Madrid en 1956, se hizo asiduo de ella. Allí, me contaba Eladio, trató con grandes poetas que contribuyeron mucho a su formación.
Estos grandes poetas fueron, entre otro muchos, sus buenos amigos  Félix Grande, Carlos Sahagún y Diego Jesús Jiménez (que junto a él fueron y se denominaron en “Petít comité” Los tres mosqueteros y Dartagnan . Dartagnan era el más joven de los cuatro, es decir, Diego Jesús Jiménez)


Carlos Sahagún

Estos cuatro mosqueteros de la poesía, grandes ellos y apasionados de este género que para el tomellosero era “la matriz de los géneros literarios” siempre estuvieron unidos a Eladio Cabañero incluso cuando, en sus últimos años, determinadas circunstancias hicieron que el poeta de Tomelloso se viera obligado a distanciarse de ellos (pero eso es otra historia).


Diego Jesús Jiménez
 El caso es que volviendo a Pedro y a su carta diré que Eladio , como me comentaba González Moreno, estuvo de jurado en el Premio de Pozuelo desde el primer año que se convocó y también estuvo en su boda (la de González Moreno) incluso no dejó de ser jurado después de casarse con Eduarda, (!ay, los amores de senectud!... me decía Pedro), yo diré que tampoco dejó el jurado del Premio José Hierro de “Sanse” y recuerdo que Eduarda le acompañaba siempre y durante las deliberaciones, ella esperaba sentada en una salita contigua a la biblioteca hasta que se emitía el correspondiente fallo.

Ayuntamiento de Tomelloso


Decía antes que quiero destacar algunos fragmentos de la carta de González Moreno. Fragmentos donde se recoge no sólo el lenguaje particularmente manchego de Eladio que Pedro, como buen manchego también ha querido emplear, sino todo el afecto y la ternura de un poeta excelente como Pedro A. González Moreno hacia el gran poeta que fue (que sigue siendo) Eladio Cabañero. Como este: ¿Por dónde andas, zascandil? Vas a perderte la mejor cosecha. Te echo de menos zapatones, viejo gruñón, tercuzo; hay que ver cómo se nos van pasando los años. Te recuerdo yendo y viniendo, siempre siempre entre socarrón y cordial, tan de tu tierra siempre, con un verso o algún chascarrillo entre los labios y con unos brazos muy largos que parecían reclamar siempre el afecto que nunca te dieron sobrado. (…)te sigo recordando solo después, cuando (a buenas horas…) decidiste echarte compañera. Eladio Cabañero nos acercó el nombre olvidado de muchas cosas con léxico manchego, con hondura. Un lenguaje abierto y claro que llama a las cosas por su nombre.


Continúa diciendo González Moreno: …se te recuerda Eladio, guácharo de Quijote, se te recuerda. No me refiero a ese mundo viciado de las antologías, que nunca estarán completas si tu faltas; ni tampoco a esos escenarios ficticios con que los críticos de turno decoran sus manuales de farsa y opereta. Me refiero a los amigos, en los que dejaste, si cabe, una huella más honda que en la literatura.

En poesía –decía Eladio Cabañero –, en todo buen hacer literario, la claridad es, más que un prurito de veracidad, un decidido afán de profundidad y sencillez. Ser sencillo por tanto, vale lo que pueda valer el ser exacto y preciso. Yo no escribo poesía hermética o misteriosa, decía Cabañero, yo escribo de amor y de protestas. Contar de Eladio Cabañero puedo contar más cosas pero de momento concluyo y, tal vez, será en otra ocasión que siga recordando al poeta de la lírica del  amor y de la soledad, al poeta del desvalimiento y de la queja frente a la injusticia, a este poeta albañil de Tomelloso. su pueblo natal que por cierto publicó su obra completa titulada Poesía reunida, con introducción de Francisco Gómez PorroAyuntamiento de Tomelloso, 2001.




Ahora os dejo con un poema de su libro Recordatorio, publicado en primera edición en Madrid, Taurus, 1961 y reeditado en 1995 por Ediciones La Palma. Un hermoso poema de amor y de protesta titulado:


Los trenes
Antigua estación de Tomelloso


Aquel invierno estuve sarmentando
la viña de mi abuelo, Eladio López,
el que volvía del campo sin camisa
y sin blusa por dar a los mendigos,
pues él creía que el hombre bien merece
ser hermano de todos, no otra cosa.


¿Qué más iba a decir?; aquel invierno
estuve sarmentando aquella viña
que era pequeña, y más de los ajenos,
viendo brillar la escarcha de diciembre
que era fría y hermosa y, tío Candelas,
el podador, hermano de mi madre,
con sus ojos de campo me observaba
mirando el horizonte allá perdido
por detrás de los pájaros volantes.


Tenía yo nueve años. Trabajaba
sin muchas fuerzas. Yo pensaba entonces
en cosas como estas que ahora escribo:
en lo estrecho de pecho que es el hombre
en los tiempos de guerra y de venganza,
cuando la gente aguanta las pezuñas
con odio, acobardada, sin defensa;
todo esto es verdad que lo pensaba
mientras los trenes de Madrid-Valencia
pitaban y yo ataba mis gavillas,
helado y mal vestido, ya hace años…


A pesar que el recuerdo llega turbio
como un documental retrospectivo
con las caras borrosas, todavía
veo que me miraba tío Candelas
atentamente, sí, que me ayudaba
a valerme otras veces o citábame
palabras de la Biblia entre aquel frío
del 40 y su hambre o que rimaba
su coplilla octosílaba manchega:


“Sobrino Eladio, te digo
que no te entretengas tanto
en mirar por Riozáncara
los trenes que van pasando”


Era que a dos kilómetros pasaban
muchos desconocidos en los trenes,
era que el mundo estaba en otra parte
y nadie ve la vida ni se entera
de casi nada, y era que las gentes
mal se conocen entre sí ni se aman
lejos unos de otros. Yo veía
el tren muy negro y largo en la llanura,
silbante, con su humo y sus bolliscas,
pasar hacia otro mundo de esperanza,
no de engaño y de luto, pues los pobres
dan en creer en la milagrería,
en que unas gentes vendrán a salvarles
en un tren como aquellos que pasaban;
dan en creer los pobres esas cosas
cuando son niños, siempre trabajando
y sin salir del pueblo para nada

Eladio Cabañero
Del libro: Recordatorio (1961)







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