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jueves, 11 de noviembre de 2021

Francisco Caro: "En donde resistimos"

 

Francisco Caro: En donde resistimos

En donde resistimos (Hiperión, poesía, Madrid, 2021) de Francisco Caro, libro que ha recibido el Premio Valencia de la Institució Alfons El Magnànim, es la última entrega poética  de este manchego nacido en  Piedrabuena (Ciudad Real) en 1947 y que este año de 2021 nos dejó otro libro: Aquí (Mahalta, Ediciones, Ciudad Real, 2021), en el que con gran intimismo y
confesionalidad, lo dije en este blog cuando lo reseñé:…ha querido llevarnos a su raíz, a lo más personal de sí mismo y con una poesía confesional y de naturaleza casi panteísta, con palabras cercanas, cotidianas, palabras coloquiales, sin algaradas, pero con sosiego, sugerencia y hondura, palabras en las que por su sencillez, su

pequeñez, bendita sencillez, bendita pequeñez , contienen las más  vibrantes emociones en una poesía que alumbra la luz del tiempo, la luz de la poesía de verdad, desde un allí que se convierte en aquí a través de la materia de los sueños y que es ayer y es presente. (el tiempo  y su fugacidad para el hombre  es un tiempo sin tiempo en la palabra porque esta permanece en él).

Y ahora  con este En donde resistimos, el poeta que, siempre va a la búsqueda de la esencia, con la intención de atrapar lo invisible y llevarlo a lo visible, algo que siempre se persigue y, aunque la persecución consiga su propósito o bien se quede en el intento, el poeta vive permanentemente en el sentimiento de fracaso y al tiempo en la confianza  de lograr que la poesía nunca necesite a los bárbaros y  nos salve de la inacción y del envilecimiento, como dijera Cavafis.  Porque la grandeza de la poesía, esa invisibilidad  que buscamos hacer visible, si contemplamos, como solía decir Claudio Rodríguez: “mirar no es contemplar” y como dice Fernando Yubero en su estudio sobre el poeta zamorano: “contemplar no es mirar sino ver más hondo, desde dentro”, porque mirar las cosas es ver  “la triste realidad de su apariencia”, pero si contemplamos, digo, podremos encontrar “el ritmo y el instante”, la luz que nos traiga la claridad, esa que “habita la humildad de la belleza.

En el poema prólogo nos dice:” Como el que escribe y oye / caer el agua anónima, serena,/ sobre los agotados campos, / y escucha su bondad y al percibir / el ritmo y el instante / de la lluvia abandona / el lápiz que sostiene, sus papeles aparta / y ajeno a la escritura en donde residía / acude a contemplar / cómo la tierra empapa y oscurece, / y atreve una palabra / pequeña por sus labios, / y dice gracias / porque sabe que en este / soplo de la vida, / en esta sencillez que nada pide, / habita la humildad de la belleza.”

 Y  es que la poesía  (si no se vive, no se escribe), está en la contemplación de lo cotidiano de la vida y su lenguaje,  sus palabras, son el verdadero oficio de amar, de recordar, de escribir (y de hacerlo, como en esta y otras ocasiones suele hacerlo Francisco Caro,  en verso blanco, con medida, con ritmo y destilando emoción en cada poema.

Y en este libro En donde resistimos que nos indica la intervención de un sujeto (el yo) activo que nos lleva por los caminos la vida, el amor…  y otro pasivo (el tú) que escucha a su lado, pero que también puede ser un tú que lee y se identifica y siente y vive  como el yo que nos cuenta para fundirse poeta y lector y resistir.

Resistir en el tiempo, en la vida, el amor y en la creación poética, resistir en un lugar concreto o en varios pero siempre con la misma necesidad, intensamente humana, intensamente literaria es el lugar de En donde resistimos, ya que: “amar es gastarse / y que gastarnos juntos es tenernos”.

Y es ahí donde la poesía se nos acerca para ofrecernos su luz y su consuelo o su salvación, con un lenguaje  sin oscuridad que da sentido  al hecho de vivir, de contemplar y de escribir.  Y así el poeta que nos ha dicho: escribo como la única razón del hombre que por mí respira,  respira poesía, pero cuantas veces nos preguntamos ¿Qué es poesía?  Sin recurrir a Bécquer.

Internarse / en aquello que no / puede decirse,( que dijera Zambrano) tal es la poesía, ¿En aquello que no puede explicarse? Esto es un don, dijiste: / la claridad a punto / de pronunciarse estaba.Y la  búsqueda de lo que no se sabe, de lo que no se explica, como el amor. Entre nosotros –añadiste – /Solo lo inexplicable permanece.

La poesía o nada: Vemos el sol caer, convengo /contigo en que la vida es caminar / cegados laberintos / o soledades agrias / escríbela,/ me dices,/sálvate del secreto de vivir, escupe todo.

El tiempo y su finitud nos ofrece una certeza: Del nocturno del mundo / volveremos sin nada, La poesía de Francisco Caro  En donde resistimos es memoria, tiempo  y presente real, pero también es futuro y búsqueda de la luz, de esa claridad que es un don. Y a la vez amor: El que huyendo de Apolo /llegara hasta mi patio /el que nada me pide / el laurel que me escucha,/ el que sabe que ocurre/ y desea ser útil,/se empeña en florecer,/  en aromarnos

 

 


Quién mide, / quién calcula / la distancia entre el sol/ y el ciprés de este patio /// ese vacío /de huellas y señales al que llaman /los dioses poesía.

Francisco Caro es un poeta muy humano, hay pulsión emocional en su poesía y en este viaje (de vida  y poesía), hacia no se sabe dónde, lo emprende con las palabras más eficaces para dar luz a la humildad de la belleza y ofrecer la idea en la grafía exacta. 

 

Termino con este poema

 

PARA HACER NECESARIO LO QUE SOMOS

El susurro, sus modos,

la edad del aguacero,

velar, nombrar acaso, sabernos tú en el lino

dormida, yo en lo oscuro: por el insomnio vino

la noche a recordarme cuánto quiero

fuera llueve y abril

se guarda azul y entero

en mi cuerpo y el tuyo, y nos llama al camino

de la entrega y la hondura: qué harán las nubes sino

arreciar, mientras somos, su aguacero

cesará la canción,

se dormirá la almohada

en su cansancio dulce, vendrá el alba a quedarse

porque el día y el patio querrán vernos

del nocturno del mundo

volveremos sin nada,

si no es con la certeza de que amar es gastarse

y que gastarnos juntos es tenernos.


 


Cierra el libro un poema sobre dos payasos de un cuadro de Edward Hopper, que saludan, al final del acto, a la nada, son dos payasos, cómicos sin papel, podrían ser poetas, vienen de vivir y se aman.

Los protagonistas aparecen solos, saludan a la nada. Nadie hay para aplaudir la interpretación de su vida, de su amor.

Pero nosotros, los lectores, sabemos ahora que somos el público que aplaudirá en silencio aquello que han representado: la vida, el amor, donde también nosotros resistimos, y la poesía.

Compartir el amor, que siendo amor nos hace libres, es el más hermoso ejercicio de caligrafía, el que mejor se escribe aun siendo algo inexplicable: Y es que sólo lo inexplicado permanece

 En donde resistimos es un itinerario de sombras y de luces, con un lenguaje sencillo de grandes significados y hondas certezas: el paisaje, la reflexión metafísica sobre la vida, su finitud y su duda, y la poesía , aderezado todo con la dulce compañía del amor.

Un magnífico libro que merece ser  comprado y leído detenidamente.


 

    Manuel López Azorín



jueves, 4 de febrero de 2021

Francisco Caro: "Aquí"


 

Francisco Caro: Aquí

Francisco Caro (Piedrabuena, Ciudad Real, 1947) nos sorprende con un nuevo libro. Un libro titulado AQUÍ (Mahalta ediciones, 2020). Un libro de muy hermosa factura y con una otoñal y hermosas portada de Teo Serna.

Este profesor de Historia, ya jubilado,  que nos viene ofreciendo una poesía sugerente, intimista y meditativa, una poesía de memoria y de naturaleza, de paisaje interior y exterior, una poesía  de amor y de tiempo, comenzó a publicar tarde, pero una cosa es publicar y otra escribir y Paco Caro lleva escribiendo, al aire de la vida, desde que respira. 



Y ahora en este Aquí, en este lugar, ha querido llevarnos a su raíz, a lo más personal de sí mismo y con una poesía confesional y de naturaleza casi panteísta, con palabras cercanas, cotidianas, palabras coloquiales, sin algaradas, pero con sosiego, sugerencia y hondura, palabras en las que por su sencillez, su pequeñez, bendita sencillez, bendita pequeñez , contienen las más  vibrantes emociones en una poesía que alumbra la luz del tiempo, la luz de la poesía de verdad, desde un allí que se convierte en aquí a través de la materia de los sueños y que es ayer y es presente. (el tiempo  y su fugacidad para el hombre  es un tiempo sin tiempo en la palabra porque esta permanece en él). De manera que el libro más suyo, mas aparentemente sencillo, nos ofrece lo más personal, lo más intimo: su tierra, su familia, sus amigos, su cosmovisión del mundo, su yo. Desde la distancia del tiempo visto por el adulto y desde la cercanía  y nos lo ofrece a través de un viaje de vuelta a sus orígenes (Sin olvidar en su viaje dos lugares de importancia en su vida, Madrid y Lérida), regresa a su Piedrabuena manchega, a su casa y a su patio. Un patio que le aísla del mundo al tiempo que lo contiene.

 

Aquí se compone de tres apartados y un poema introductorio: Es aquí donde espero / a que nadie me nombre, a que se calle / la prosa para siempre, aquí naci, /en estas tierras cuarzo de interior,/ por aquí cruzan nubes, casi polvo/ que desoye la mar, y sin embargo / la lluvia hizo caer sobre mi cuerpo / una gota que tuvo forma, roce y sonido / de corazón, de llaga.

Y en ese viaje de vuelta al lugar donde fue, donde sigue siendo, nos lleva de la mano compasivamente al tiempo de la niñez: Si pudiera volver/ a ser feliz,/ a la cal y a la tierra,/ a la altura inocente / y al verano de un niño entre albañiles.

Valentín Martín que es experto en escribir y en leer nos ha dicho: “Así que estamos ante un libro de un poeta que salió del patio y ha vuelto a donde fue. Y aquí nos espera. Quizás sea su libro familiar porque es más amplio su yo. Su universo puede ser infinito e inocente porque han vuelto todos los exilios, si es que alguna vez se fueron o sólo lo pareció. (…)  Piedrabuena: Francisco Caro es de pueblo e hijo del pueblo. Pero su poesía tiene la aristocracia gratis de los poetas más grandes que saben y pueden enraizar de forma hermosa el natural intimismo con otros universos que ya se sienten menos fuera y menos solos.”

 

Piedrabuena

En su primer apartado, “Días y tierra”, visitamos el patio de su antigua casa. Miramos al poeta, leemos sus palabras y todo está dicho porque la palabra se hace luz: Patio de mi casa antigua,/patio de juegos / que hizo fugaz y desnudó la tarde,/ he vuelto a lo que fue su territorio,/ al mimo que crecía en sus macetas,/a sus piedras gastadas,/ al sosiego. Y tras él recorremos el tiempo y escuchamos la ternura de la madre decir: Levanta hijo, el patio está blanco  y el deseo del hijo se hace cierto “con un poco de nieve con azúcar,/ una “gloria” con zumo de naranja” que la madre prepara para él.

Recorremos poema tras poema los sueños y los miedos del poeta porque todos de niños, soñamos y tememos, escuchamos los cernícalos, los “chiris” de la iglesia, vemos a Lauren Bacall en “El cine de Antonio”, y así conocemos un poco más a este manchego de todas partes y de lo suyo, subimos al molino con el poeta y su padre que: “buscaba la callada, la cautiva,/ tristeza de un ayer republicano (…)Nosotros-dijo entonces- somos dueños solo de las derrotas que callamos.”

Con Pablo Guerrero

 

En el segundo apartado avanza en el tiempo y leemos un poema, “La casa” donde ya adulto pero joven nos muestra los cimientos de su casa, interna y externa y de ese patio que contiene su mundo y que al tiempo se universaliza para contener a toda su familia: Esta casa,/  alzada en lo que antes fuera huerto,/nació cuando mis hijas. (…)La iniciamos el año en que mi padre/ encontró su diciembre (…)Ana nos avisó mientras estábamos/trazando los cimientos,(…) Julia vino /  justo al año de estar bajo sus tejas/ cuando hicimos el patio que nos mima/y extendimos lo verde,/las alfombras,/ dando fin al empeño/ con el nogal de Lérida.”

 

En cierta ocasión hablando con Paco Caro, creo recordar que me dijo que le costaba escribir poemas largos por aquello de que resulta difícil mantener el ritmo y se desdice con un hermoso y rítmico poema titulado  “Alba en el patio” en el que conversa consigo y la naturaleza  y lo hace, como en todo el libro, con una poesía que parte de lo formal y también lo tradicional y en ocasiones juega a disfrazar la forma y en ocasiones juega a renovar las formas como es el caso de los poemas “Soplos” o “apuntes”  o en el algún que otro soneto en cuanto a la disposición de su estructura. Y en este apartado vemos como el poeta nos habla de sí a través de la naturaleza: Porqué la sombra ha de valer / menos que un hombre / si es más sincera. Y lo hace en ese patio que siente como refugio, patio donde es siempre más él y más de todos a través de la palabra

Con Luis Hervás

 

Seguimos leyendo y entramos en el tercer apartado “Respiraciones” y leyendo el poema que inicia esta parte “Tú”, dedicado a su compañera, a Mari Carmen, que es, dice el autor, quien cuida y mima el patio: Llegaste de mi mano conducida al rumor sosegado del Bullaque,(…) Así viniste, / dejándote llevar, como quien ama.

 

De modo que francisco Caro, que tilda a estos poemas de cordiales, terreños y compasivos, escritos para que le perdonen, como es y lo diré con palabras de un amigo común Miguel Ángel Yusta, digo es: “poeta, es un  hombre cabal, próximo, generoso y afable, cargado de sabiduría poética y con una voz propia.(…) El busca el "intento de escribir la mirada del hombre sobre los instantes, sobre los espacios", como apunta el poeta, es la génesis de su poética y de ello y otros matices -siempre de exquisita sensibilidad- da cuenta su ya numerosa obra”.

Y dice en sus respiraciones,  en su poesía, cuando la escribe, mucho más de lo que dice el poeta y respira ante “La tabla de la yedra” para decirnos que en ese paisaje va su vida y “Desde el ciprés”  va la tarde en secreto mientras escribe , sin añadir oscuridad a sus palabras y respira recordando “El puente de los yerros” sabiendo que ya nunca volverá el pasado si no es en el recuerdo y en su respiración, con ”Esta  mano”, se acerca a rendir homenaje a sus abuelos, una mano como la del padre “sastre por destino” cuando aprendía  y “le era compañía” junto a la “máquina Singer de coser.”


 

“Todo pasa y todo queda” y “El lugar no es el mismo que de entonces” ni el amigo, el poeta, el maestro permanece si no es en el recuerdo, “Si lloviera…” cantaba Nicolás del Hierro...pero quedan sus palabras, que leen, que respiran…”Si lloviera…”

 

Francisco Caro,  lo dice muy bien, es a mitades / Madrid y pueblo mío, territorios / en donde amé la vida, donde me amo la vida.



Y te sigue amando Paco Caro, porque: Aquí, / en este patio /

que me (te) aísla del mundo y lo contiene, Fuiste y eres.

Y donde quiera que vayas o estés, donde quiera que respires, siempre serás y estarás con el agua de la memoria, junto a la luz de la palabra, una palabra siempre emocionada y de enorme significación.

 

                           Manuel López Azorín

 

 

 

 

martes, 6 de febrero de 2018

Francisco Caro: "El oficio del hombre que respira"











Francisco Caro: El oficio del hombre que respira


 
Francisco Caro (Piedrabuena, Ciudad Real, 1947.) El oficio del hombre que respira,  Premio Antonio González de Lama, publicado por Eola Ediciones. León, 2017, es el último libro  de este profesor de Historia  que nos viene ofreciendo una poesía sugerente, intimista y meditativa, una poesía de memoria y de naturaleza, de paisaje interior y exterior, una poesía  de amor y de tiempo,(un tiempo  que pasa fugaz y a la vez inmóvil), una poesía  con palabras cercanas, cotidianas, palabras de diario, sin algaradas, palabras en las que por su sencillez, su pequeñez, contienen las más  vibrantes emociones, una poesía que alumbra la luz del tiempo, la luz de la poesía de verdad.


El título es de una cita del poeta Luis Feria “A la caída de la tarde / amar la vida largamente es todo / el oficio del hombre que respira” y ya en esta cita podemos ver  que lo cotidiano de la vida y su lenguaje,  sus palabras, son el verdadero oficio de amar, de recordar, de escribir (y hacerlo  en verso blanco con medida y con ritmo, destilando emoción, disfrazando alguna estrofa clásica…), y de vivir. 

 

Y este libro va de todo eso: del amor y sus antónimos, de los días sucedidos y  de los recuerdos, del valor  del lenguaje, de la importancia de la raíz y de los oficios del diario vivir. Ese vivir de las pequeñas cosas en la que la escritura  se vuelve vida trastocada, memoria viva,  que envuelta en la palabra  que conforma el poema se convierte  en el abrazo callado del oficio de escribir, del oficio de vivir.

 La naturaleza se integra en el verso, en el poema que nos habla de lo rural y no de lo urbano. Francisco Caro siente el poema como un reflejo de la encendida existencia rural, en la que la luz y la sombra envuelven el tiempo y la vida que es a la vez  que amor, desamparo, a la vez que refugio y casa y patio, campo abierto, sin horizonte.

 

Y en ese transcurrir de la vida y la memoria, entre aquellas palabras del agua ya bebida, leída, sentida, surgen las fuentes que calmaron la sed en otros tiempos y si el título es un préstamo del poeta Luis Feria, los referentes, poetas  como los argentinos Borges y Juarroz o el leonés  Antonio Colinas, o el salmantino Aníbal Núñez , son  ahora, en este libro, parte de las aguas que el poeta bebiera buscando en sus lecturas encontrar lo invisible en lo visible. Buscando en su escritura, en ese oficio de escribir la vida con sus luces de amor y sus sombras de desconcierto “Entonces escribir, / tan solo entonces / desbrozar la espesura, lo amagado, / conocer el adentro; / saber si vivo”. Y dialogar  con la fugacidad del tiempo y contemplar la hermosa belleza de lo cotidiano y abrazarse a la memoria y al paisaje y al amor y comprobar la erosión de los recuerdos  y preguntarse  “Miro el fuego, confundo / el acto de quemar y el hecho de vivir, / el ruido de la lumbre y la memoria “.  
 
Y el poeta nos muestra la vida como un viaje de precisos lugares, Copenhague, Reggio, Trieste, Calabria, para decirnos: “Vivir es esto, / un viaje sin excusa,/ un reto de distancias, nunca quise/ ser transeúnte roto en sus caminos.” Un viaje donde dialoga con el amor, con lo pasado, lo sucedido, donde la memoria nos acerca la vida ya vivida. Y en este viaje de lo vivido queda en lamateria de los sueños la evocación de un tiempo que al escribirlo se torna elegía y celebración.

 

 “Lenta / y oscuramente trama, dice ///esa oruga que orada / la voluntad del olmo que la aloja / y con sosiego roe / la desnudez del árbol (…) Como callado oficio / del hombre que por mi respira / así me escribo.” Y en este oficio de escribir que nos ofrece Francisco Caro, excava “olvidos y presentes” mientras agosto se derrama y él contempla,  al caer la tarde, quizá en su patio interior de Piedrabuena,  el piar de los gorriones en un ciprés. Es entonces  que a través de esta imagen nos deja escritas sus palabras en el papel, con este hermosísimo poema que incluyo abajo, para  que sepamos el milagro de su existir, para que escuchemos  su revuelo y su canto  tal y como lo ha percibido el poeta. Para darnos a la reflexión, a la meditación mientras “Va la tarde al secreto”  y él (vive), escribe.

 

Desde el ciprés

El sol cede y escribo.
Desde la mesa he visto
en tropel, diminutos,
acudir los gorriones
al árbol donde guardan,
cómplices del instante,
de la luz como rito,
el cansancio del día
no impide su canción.

Va la tarde al secreto
y yo mientras escribo.

Con el lápiz pretendo
dibujar en la hoja
donde crece el poema
el amparo, la forma,
la sombra del ciprés.

No deseo añadir
oscuro a las palabras
que acudieron, pequeñas,
para salvarme sino
que sepan del milagro,
que en el papel escuchen
un revuelo y un canto
como el que escucho yo.



Y es en esa reflexión, donde la poesía se nos acerca para ofrecernos su luz y su consuelo con un lenguaje  sin oscuridad que da sentido  al hecho de vivir, y de escribir. Un patio interior y un mes de agosto en su pueblo natal  le sirven al poeta  para  decirnos  que no va a dejar  que le cerque “la costra del futuro”,  él quiere seguir vivo y vivir escribiendo “hasta lograr que para/ mi cuerpo sea/ merecido el amor.”   Escribir, y vivir,  porque escribir es saberse. “y esperar es saberme/ entre lo no acabado.”

                                       Manuel López Azorín



miércoles, 8 de febrero de 2017

Francisco Caro "Locus poetarum"





Francisco Caro Locus poetarum

El poeta Francisco Caro (Piedrabuena, 1947. Ciudad Real), presentó ayer un nuevo libro Locus poetarum (Editorial Polibea, Madrid, 2017) y esto que escribo aquí no sé si es una crónica de lo que yo contemplé ayer en el escaso tiempo que estuve en la presentación (irremediablemente tuve que ausentarme), o es una reseña sobre este Locus poetarum (Lugar de los poetas para entendernos mejor) o qué cosa es. Lo cierto es que ha salido así:

El lugar de la poesía (y de los poetas) ayer  siete de enero de 2017, estaba en el sótano (como suele estar casi siempre, que es donde parece que algunos quieren que esté; pero la poesía, a veces, tiene la capacidad del aire y por mucho sótano que la pongan sale como brisa acariciadora, o como viento de furia y se expande por todas parte mal que les pese a los que quieren dejarla -y dejarnos- en el sótano), del Centro de Arte Moderno (Galileo, 52, Madrid). 

Un lugar recogido, de paredes impolutas repleto de poetas (además de los madrugadores que pudieron ocupar las sillas dispuestas para la ocasión, había poetas de pie apoyados en las paredes, los que llegaron a la hora en punto del acto, sentados el suelo ocupando los pocos huecos que quedaban libres para el paso y, los retrasados, sentados también, en el breve pasillo y en todo el tramo de escalera que conduce desde la librería al sótano), poetas  amigos, poetas jóvenes y no tan jóvenes que se acercaron a dar calor , a escuchar , a un poeta tardío que presentaba un nuevo libro de poemas  que, según este poeta, son “apuntes y ejercicios de clase”, una clase, o mejor dicho un curso por trimestres en el que un Maestro  (“Ya en la primera / clase el Maestro / nos hizo una advertencia”) Un Maestro, digo porque me lo dijo el poeta, que es el conjunto de muchos, es decir un Maestro colectivo.

Un Maestro, digo otra vez,  que aconseja ( o simplemente muestra) sobre la poesía tratando de hacer distinguir entre el poeta de voluntad y el poeta verdadero,  para dirigirlo con sus enseñanzas hasta el Locus poetarum  y una vez allí dejar que vuele libre.

Y este alumno de Locus poetarum vino a mostrar su voz, a enseñarnos su aprendizaje, a ofrecernos su palabra pura, verdadera , limpia de nexos para ofrecer el verso más denso, plena de sugerencias, diciendo sin decir para llevarnos a la luz de su palabra, para mostrarnos todos sus referentes (de un Maestro colectivo solo se puede esperar un alumno  con muchos referentes, un alumno que bebe muchas aguas y se sacia con ellas); pero, confiesa este poeta, y lo habrá dicho esta tarde cuando haya empezado a confesar que la mitad de los poemas de Locus poetarúm hace tiempo se amotinaron, tenían prisa por salir a la página y fueron a otros libros del poeta. Arrepentidos hoy y sabiendo que su lugar es este libro regresan, se incorporan, y el padre los recibe y los perdona  como si de hijos pródigos se tratara porque sabe también, que este Locus poetarum es su lugar, el suyo y el de la otra mitad de los poemas que fieles, han permanecido ocultos, junto al padre, hasta el día de hoy (sin contar otros tantos poemas que, por timidez o inseguridad, han declinado acudir a la llamada de publicación y continúan a la sombra del padre que, dadas así las cosas, procurará animarles a vencer la timidez y/o a darles mayor seguridad  en adelante.


Comenzó a las ocho p.m. Habló el editor como suelen hablar los editores, habló el ilustrador de la portada y el interior: Javier Delgado, poco, bien y agradecido. Hermosa acuarela en la portada y retrato del poeta en el interior. Habló el prologuista: José Cereijo que nos dijo haber pagado –con el prólogo– una deuda. Aclaró: "cuando conocí a Francisco Caro me cayó bien, era amable, simpático," dijo. "Más tarde supe que escribía. Lo leí y me dije: y además escribe bien." José Cereijo en el prólogo nos dice que “El poema es una lucha: con las palabras que lo componen en primer lugar, pero también con la realidad misma de la que parte y que aspira a desnudar, a revelar (y lo dice con dos versos de Caro): “Poesía es también y desde Homero / un acto de legítima defensa.”  (“Testigos del suceso,/  de la espera,/ vinieron a ofrecerse /los pronombres// entonces derramaron / sobre los folios sal, / labios, azul, contigos.)


Tomó la palabra Rafael Soler que ejercía de presentador de este poeta tardío que sin prisa pero sin pausa ha sabido ganarse amigos y espacio en un lugar (este de los poetas) poco amigo de cederlo; pero Francisco Caro es verdadero como persona y como poeta, un poeta que gusta de Blas de Otero como referencia y que, al tiempo, aprende de todos los poetas desde el nacimiento de la poesía hasta hoy mismo.
Cuando Soler hablaba del lugar de los poetas, cuando nos decía que Caro  era un poeta verdadero, cuando nos contaba que en Locus poetarum  estaba el homenaje  de Caro a los poetas que le han servido para escribir…tuve que ausentarme, lo hice casi saltando por encima de los que se hallaban sentados en el suelo y ocupando todo el tramo de escalera que conduce a la planta de calle.


No pude quedarme para escuchar al amigo, al poeta verdadero que es Francisco Caro, pero yo sé bien que este poeta, de un modo u otro nunca me decepciona porque, ya lo he dicho en otras ocasiones: cuando escribe y toca lo erótico, saber manejar con precisión y elegancia la sugerencia y la desnudez directa y enllamararla (Plural de sed), como sabe igualmente hacer hondas reflexiones sobre lo poético y lo vital (Cuerpo, casa partida ),o escribir la mirada del hombre sobre los instantes y sobre los espacios (Paisaje en tercera persona, 2010), o ejercitarse en un múltiple desdoblamiento para mostrarnos una poesía humana repleta de historia, de cultura y de vida fundidas entre sí,(Cuaderno de Bocaccio, 2010) o como en este caso de Locus poetarum , mostrarnos que un poeta verdadero, también es  juego y rigor, divertimento y reflexión, técnica y emoción, cerebro y corazón dándonos su visión de lo que debe ser la poesía  y dónde debe estar el lugar de los poetas… y ahora cuando lea este Locus poetarun detenidamente a lo mejor escribo algo.     
                                                          
                                                            Manuel López Azorín